Apologética

Dice San Agustín: “Una  lágrima por un difunto se evapora: Una flor sobre su tumba se marchita. Una  oración por su alma, la recoge  Dios”. En este mes de noviembre, pidamos todos  los días por ellos y por todos los fieles difuntos. Son hermanos nuestros en  Nuestro Señor Jesucristo. Es la primera lección del mes de los difuntos.

En comentarios hago esta cita del Syllabus (índice de proposiciones condenadas por el Magisterio): 

"Todo hombre es libre de abrazar y profesar la religión, que guiado por la luz de su razón juzgue verdadera". (Condenado)

Inevitable que se acabe fuera de la Ortodoxia de la Iglesia católica, aunque se esté dentro o entre las estructuras eclesiásticas, si se acepta como Credo un punto de partida y llegada laico, profano, sin metade sobrenaturalización, sin sacralidad. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo, como ya fue manifiesto en el hereje Marción de Sínope, así conocido por la localidad del Ponto helenista (hoy en Turquía) donde por el año 95 de nuestra era había nacido. 

Vamos a recurrir a una aventurada analogía para dar a entender el problema que tiene el tradi cuando presenta su Fe a los que no practican. Caso muy distinto y quizás más arduo es aquel en que se trata de presentar las objeciones contra "la familia" a los propios miembros de la familia. Nos ocuparemos de eso más adelantes. Por ahora lea, si gusta, el visitante de esta web esta analogía y sépala interpretar salvando la proposición del prójimo, que yo haré otro tanto con los comentarios. Vale.
La Iglesia nunca ha estado contra el progreso, como algunos maliciosamente sostienen, por el contrario ha sido la impulsora de él, y la principal en ciertos periodos de la historia.La Iglesia no se aferra a un jumento o un caballo cuando hay autos o aviones. El problema es que con ese eslogan de "modernización" se le ha desvirtuado en muchas partes y es precisamente la juventud, la que notando esa falta de genuinidad de muchos, se aleja de Ella, pasado el momento inicial y eufórico de la dizque "modernización".
Sin dudarlo, han de ser misas exitosas y entretenidas. La "chicas" que acolitan han elegido una vestimenta que tal vez no sea demasiado litúrgica, pero sí muy adecuada para los calores del estío y el regocijo del público. 

Desde las páginas de La Nación –siempre prontas a albergar mendacidades- Marcos Aguinis ha vuelto por el tema que eternamente lo perturba y desquicia, el ataque a la Iglesia Católica.

Sucedió el viernes 7 de agosto, en una densa y declinante nota que tituló Mujer excluida...¡qué desperdicio!, más el didáctico agregado previo de una volanta quejosa: Sigue la desigualdad de los géneros.

Aguinis viene de recibir un sopapo de su paisano Verbitsky, que el domingo 2 de agosto, desde Página 12, lo llamó “pavo real”, y lo desplumó como tal con el recuerdo de ingratos menesteres; entre otros, su vinculación con Massera, el cobro de una holgada jubilación de privilegio y algunas mentiras enhebradas al voleo. Dispuesto a no arredrarse por estas menudencias, y sabedor de que su perruno agresor es hombre de taleguillas sucias, Aguinis siguió con su oficio preferido, el de invertir la Cruz.

Como hemos comentado en otras ocasiones se presentan a muchos católicos problemas de conciencia sobre si es lícito y beneficioso para el bien común votar, en especial cuando casi ningún candidato parece tener una doctrina acorde a la moral católica. El presente trabajo reseña una intervención de San Pío X en una polémica sobre la licitud de optar entre candidatos que no cumplen con los requisitos doctrinales católicos. Es muy interesante conocer modo como dirimió el santo papa ese entredicho.

Milagros Eucarísiticos en Buenos Aires

Docilidad católica ante el magisterio

       El magisterio de la Iglesia participa de la misma autoridad de Dios al enseñar, por lo que se le debe en grado máximo “fe de autoridad“ y no “fe de credibilidad”. Cuando se pronuncia, entonces, el católico solo debe juzgar “quien lo dice” y ser dócil en aceptar “lo que se dice”. Pero tanto al juzgar “quien lo dice “ como al aceptar “lo que se dice“, debe hacerlo formalmente  y no materialmente:

      -Al juzgar “quien” enseña, no debe considerar tanto la persona física que se pronuncia, ya sea el Papa o los obispos, sino la persona moral o personalidad asumida en cuya  autoridad se funda la enseñanza. El católico debe reconocer de manera clara y expresa que los Pastores  se pronuncian in persona Christi y no en persona propia o de cualquier otra entidad creada: ”porque aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema “ (Gal. 1,8).

      -Al aceptar “lo que “se enseña, no debe considerar  solamente las sentencias pronunciadas, sino  también el grado de credibilidad que a misma autoridad les reconoce: infalibles, ciertas u opinables . Y en esto también hace falta docilidad para no restar ni sumar haciendo, por ejemplo, que lo que se enseña como cierto se disminuya a opinable o se aumente a infalible.  Ahora bien, a causa de su liberalismo, el magisterio conciliar se presenta ante el atónito católico de una manera inédita en ambos aspectos:

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