Hemos visto la última de Clint Eastwood, Hereafter, traducida al castellano como “Más allá de la Vida”. Eastwood se cuestiona sobre el “más allá”, como el título español indica y da una respuesta trivial. No obstante, es un filme limpio, artísticamente logrado y agradable de ver, a pesar de su austeridad.
El misterio del “más allá” o lo que la teología llama “las postrimerías” es lo que se plantea Eastwood, partiendo de un rechazo radical a la respuesta religiosa. De lo cual, pocos caminos le quedan sino la conjeturación de un mundo allende el nuestro que no pertenece a un orden sobrenatural, sino más bien “extrasensorial”. Recurre a la famosa “luz” que dicen haber visto muchos en el umbral de la muerte, y pretende darle un soporte “científico”, denunciando la “charlatanería psíquica”.
De hecho Matt Damon juega el papel de un “psíquico” que después de haber practicado exitosamente sus dones decide retirarse al anonimato, lo que no resulta fácil porque su hermano permanentemente le busca “clientes” bajo excusa de favores, aunque su verdadera intención es volverlo a la actividad y ser su “manager”.
La historia comienza como un rompecabezas que se resuelve en las escenas finales con bastante ingenio. Tres episodios inconexos entre sí confluyen en un punto, en Londres, y curiosamente esta vez Eastwood resuelve las historias, tristísimas en algunos casos, con felicidad.
Son tres los hilos del relato: una periodista francesa, exitosa, que, víctima de un tsunami, es dada por muerta por los rescatistas, pero logra recuperarse. Primeros indicios del “más allá”. La otra parte de la historia es la del “psíquico”, cuyos esfuerzos por huir de su pasado y sobre todo de vivir “normalmente” tropiezan a cada momento, por contactos físicos con personas que tienen sus historias: un mero roce de manos evoca en él imágenes de personas muertas relacionadas con quien está tocando y puede convertirse, con la guía del interesado, en un médium entre vivos y muertos.
La tercera y más dramática historia, es la de los gemelos londinenses, dos preadolescentes que viven con su madre, drogadicta y alcohólica. A pesar de esta terrible situación, el mutuo amor es tan fuerte como para que ellos traten de esconder sus vicios, a fin de no ser separados de ella por los organismos de minoridad estatales. Uno de ellos muere en un accidente, pero el sobreviviente no termina de aceptar que se haya ido para siempre.
Si bien las actuaciones son correctas en general, nos llama la atención las de estos niños, cuya honda tristeza y ternura hacia su madre conmueven profundamente.
Es a partir de un encuentro en la Feria del Libro de Londres donde se comunican las tras historias, y se resuelven las angustias que vive cada uno: el niño logra hacer contacto con su hermano, la periodista, cuyo deseo de investigar las realidades del más allá le han arruinado su carrera, presenta su libro de investigación y allí conoce al “psíquico”, que por un inexplicable designio del director, al rozar sus manos con ella encuentra el camino de la ansiada paz que concluye en un encuentro de corazones afines.
La película es larga, austera (casi no tiene música, muchas de las escenas ocurren en lugares poco iluminados, con fuertes contrastes entre luces y sombras y, salvo la espectacularidad del tsunami inicial, no ocurre nada que pueda considerarse “de acción”). Todo transcurre lentamente hacia la convergencia final, con altibajos emotivos y la curiosidad del espectador sobre cómo se conectará todo esto.
Eastwood manifiesta su rechazo a la solución religiosa en una breve escena, durante las exequias del gemelo muerto, cuando un pastor de indefinida denominación, pero de origen cristiano, despacha con unas frases frías (aunque ortodoxas) y una evidente actitud mercantil al inconsolable hermano, para dar paso al servicio siguiente. Desde allí sabemos que la respuesta de Eastwood no pasará por la religión.
Claro que también se fustigará la charlatanería psíquica, contraponiendo al protagonista, cuyos dones lo hacen padecer al punto de tratar de huir de ellos, con unos farsantes aprovechadores de la ingenuidad de la gente.
Lo que Eastwood propone es “serio”. Lástima que no sabemos qué es. Parece que hubiese un más allá de potrero feliz, donde llegan todos, sin importar los merecimientos de cada uno. Es una cuestión de apertura mental el aceptarlo. Y esta aceptación anticipa la felicidad a la tierra.
Mal sustituto de la vida eterna (de gloria o de condenación) que nos revela Dios y nos adoctrina la Iglesia, este pobre bálsamo para los preocupados por la muerte acomoda el vago concepto de un más allá que, aunque más no sea por razones culturales cristianas, queda aún en el hombre occidental. En este caso, una versión New Age mitigada.
Sobre los psíquicos y sus capacidades de establecer diálogo con seres espirituales, no hay que descartar en absoluto que existan, aunque la naturaleza de estos contacto resulte inquietante. Así como también hay, ente los cristianos, quienes pueden ver y dialogar con las almas del purgatorio o los ángeles, esto ya desde tiempos antiguos. Tampoco podemos descartar que en trance de muerte se sufran experiencias vinculadas con lo preternatural… Pero todo esto en manos de Eastwood no conduce a nada concreto, aunque sin querer, se acerca a la realidad en su filme, plagado sin embargo de fantasía e ilusión.
Es apto para todo público, aunque niños y adolescentes normales se aburrirán a morir. (Hay adolescentes, no sabemos si normales, que lo han visto con cierto interés).Y también muchos adultos. La prueba es la escasa recaudación del filme, hecho más por gusto que por negocio.
Como solemos plantear aquí, siempre se puede sacar, con la debida guía, una enseñanza por contraste con nuestras convicciones católicas. Y también un estímulo para rezar más por las almas de vivos y difuntos, perdidos hoy como ovejas sin pastor, ante la inexorable y segura destinación de todos los mortales, la muerte.
Director: Clint Eastwood Guionista: Peter Morgan Protagonistas: Matt Damon Cécile De France y Bryce Dallas HowardHablada en francés e inglés
Duración: 129 minutos
Apta para todo público.
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Comentarios
He visto la película, me
He visto la película, me quedó algo grabado que ya en otras historias escuché y es cuando el hermano mellizo le dice al otro que ya no lo ayudará porque tiene que irse. Otra cosa que me impactó referido a este tema es la homilía del Cardenal Newman sobre el Mundo Invisible. Me dejó pensando porque ya había leído algo semejante de Santa Teresa pero no recuerdo en qué capítulo de sus obras.
M. José
la pelicula esta buena, si
la pelicula esta buena, si bien no es un peliculón, la arruino con el final! muy pavo! prefiero mil veces gran torino. Ahora quiero ver El rito.
In Christo
Darius
Interesante reseña, si bien
Interesante reseña, si bien no ví la película.
¿No le parece que la actitud del "psíquico", es una encarnación para su rol, de uno de dos consejos propios de la espiritualidad católica (me viene a la mente ahora "Combate Espiritual" de Scupoli, pero creo que está en la Imitación de Cristo), por un lado la humildad, pero por el otro (en caso de que se dude sobre los "dones" que se posee, o se allane a la prudencia al respecto) el de la prudencia ante la duda y posibilidad de que tales "dones" sean influencia del demonio?
Saludos de un lector asiduo
Encarnación de una virtud
Si ve la película me parece que no tendrá esa impresión. El "psíquico" dice varias veces que lo suyo no es un "don" sino una "maldición". El quiere ser "normal".
Pero claro, estas opiniones uno da sobre las películas son muy subjetivas. Tal vez pueda leerse de otra manera muy distinta.
más allá de la vida.
Vi la película. Lo más interesante me pareció haber usado hechos reales (tsunami, atentado en Londres al subte y buses) En cuanto al más allá lo único bueno, es que la francesa que no creia, al menos se plantea que puede haber una vida trascendente. Peor , su novio, que admite que ni siquiera se preguntó x el más allá. Evidentemente no hay una respuesta religiosa, pero quizás los que hoy no creen, al menos busquen una respuesta. El don de Matt Damon es más complicado, ya que se toma como "bueno" (hablar con los muertos) algo que no lo es.Atte . Valeria
No entiendo como se puede
No entiendo como se puede calificar de bueno o malo el "don" que tiene este pobre hombre...pero bueno...en todo caso habria que ver como lo emplea en caso de que lo tenga realmente...
No ponemos la mirada en las cosas que se ven
II Cor. IV:18
Tal como lo repetimos en el Credo, hay dos mundos, “el visible y el invisible”, el mundo que vemos y el mundo que no vemos; y el mundo que no vemos existe tan realmente como el que vemos. Existe realmente por mucho que no lo veamos. Sabemos que existe el mundo que vemos porque lo vemos. Basta con levantar los ojos y mirar a nuestro alrededor y contamos con la prueba: lo dicen nuestros ojos. Vemos el sol, la luna y las estrellas, la tierra y el cielo, colinas y valles, bosques y llanuras, mares y ríos. Y también vemos hombres, y las obras de los hombres. Vemos ciudades, y edificios fastuosos, y sus habitantes; hombre que van y vienen ocupándose de proveer para sí y para los suyos, o llevando a cabo grandes empresas, u ocupados en sus negocios. Todo aquello con lo que se topan nuestros ojos constituye un mundo. Es un mundo inmenso; llega hasta las estrellas. Podríamos desplazarnos durante miles de milenios por los cielos y aunque viajásemos más rápido que la misma luz, no alcanzaríamos sus confines. Son distancias más grandes que lo que se puede definir. Tan alto, tan ancho, tan profundo es el mundo; y con todo, también se nos acerca y se nos pone a tiro. Allí está, por todas partes; y no deja lugar a ningún otro mundo.
Y sin embargo, a pesar de este universo mundo que podemos ver, existe otro mundo, igualmente grande, igualmente cerca nuestro, y mucho más maravilloso; otro mundo alrededor nuestro, por más que no lo veamos, y más maravilloso que el mundo que vemos; por esto, si no por otra cosa: que no lo vemos. A nuestro alrededor hay innumerables seres, idas y venidas, seres vigilantes, que trabajan o que esperan, que no vemos: pertenecen a aquel otro mundo, al que no alcanzan a ver nuestros ojos, sino sólo la fe.
¿Os preguntáis qué es y qué contiene? No diré que todo lo que le pertenece resulta inmensamente más importante que lo que vemos, pues entre las cosas visibles están nuestros coetáneos, nuestros compañeros, y no hay cosa creada más preciosa y noble que un hijo de hombre. Pero aun así, tomadas como un todo las cosas invisibles y aquellas que vemos, hay que decir que en definitiva las cosas que no vemos son más encumbradas que las que vemos. Pues, antes que nada, está Él, Aquel que está por encima de todas las cosas, que las ha creado todas, ante quién no son sino como nada y con quien nada puede compararse. Bien sabemos que Dios Todopoderoso existe más real y absolutamente que cualquiera de nuestros compañeros cuya existencia certifican nuestros sentidos; y sin embargo no lo vemos, no lo oímos, no lo sentimos, no lo encontramos.
Aparentemente, pues, las cosas que se ven no sino una parte, y una parte sólo secundaria, de los seres que nos rodean, cosa que podemos afirmar aunque más no fuera porque el Dios Todopoderoso, el Ser entre los seres, no pertenece a su número, sino que está entre “las cosas que no se ven”.
Una vez, y una sola vez, durante treinta y tres años, condescendió en convertirse en uno de los seres que se pueden ver, cuando Él, la segunda persona de la Santísima Trinidad, nació, por una indecible merced, de la Virgen María, para aparecer en el mundo visible. Y entonces fue visto, oído, tocado; comió, bebió, durmió, conversó, anduvo, actuó como otros hombres; pero a excepción de aquel breve período, su presencia nunca fue perceptible; nunca nos ha hechos concientes de su existencia por medio de nuestros sentidos. Vino y se retiró detrás del velo: y a nosotros, individualmente, resulta como si nunca se nos hubiese mostrado; no contamos con ninguna experiencia sensible de su presencia. Y con todo, “Él vive para siempre”.
Y en aquel otro mundo también están las almas de los muertos. Ellos también, cuando parten de aquí, de este mundo, no cesan de existir, pero se retiran de la escena de las cosas visibles; o, en otras palabras, dejan de interactuar con nosotros a través de nuestros sentidos. Viven tanto como vivían antes; pero su marco exterior a través del cual les era posible tener trato con otros hombres, es, de algún modo, no sabemos cómo, separado de ellos, y toda esa estructura exterior se seca y se marchita como hojas caídas de un árbol. Ellos permanecen, pero sin los medios habituales para acercarse y corresponder con nosotros. Como cuando un hombre pierde la voz o la mano aún existe como antes, pero ya no puede hablar, o escribir, o tener trato con nosotros; de tal modo que cuando pierde no sólo la voz o la mano sino su marco entero, se dice de él que murió?no hay nada para mostrar que se ha ido, pero nosotros hemos perdido los medios de aprehenderlo.
Más todavía: los ángeles también habitan el mundo invisible, y a su respecto se nos dice mucho más que de las almas de los fieles difuntos, pues estos últimos “descansan de sus labores; pero los ángeles están activamente empleados entre nosotros, en la Iglesia. Se dice que son “espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación” (Heb. I:14). No existe un cristiano tan modesto que no cuente con ángeles a su servicio, si vive por la fe y para el amor. Y eso, pese a que son tan grandiosos, tan gloriosos, tan puros, tan maravillosos, que con sólo verlos (en el caso que se nos permitiera) caeríamos por tierra, como a osadas le ocurrió al profeta Daniel, a pesar de ser un justo de consumada santidad. Y con todo, son nuestros “compañeros-sirvientes” y nuestros camaradas de ruta que velan cuidadosamente por nosotros, atentos para la defensa del menor de entre nosotros, con tal de que seamos de Cristo.
Que forman parte de nuestro mundo invisible se pone de manifiesto en una visión que tuvo el patriarca Jacob. Se nos refiere que cuando huyó de su hermano Esaú, “llegado a cierto lugar, pasó allí la noche, porque ya se había puesto el sol. Y tomando una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostóse en aquel sitio.” (Gén. XXVIII:11). Ni se le ocurrió que había alguna cosa maravillosa en aquel lugar. Parecía un lugar cualquiera, igual que cualquier otro. Era un lugar solitario y poco confortable: allí no había casa, se venía la noche, y se vio obligado a dormir sobre la roca pelada. Y sin embargo, lo cierto es que todo resultó considerablemente diferente a lo que parecía. Jacob sólo vio el mundo visible; no vio el mundo invisible; y con todo, el mundo invisible estaba allí. Estaba ahí bien que no se hizo conocer inmediatamente sino que hizo falta que le fuera manifestado sobrenaturalmente. Lo vio en sueños. “Y tuvo un sueño: he aquí una escalera que se apoyaba en la tierra, y cuya cima tocaba en el cielo; y ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y sobre ella estaba Yahvé.” He aquí el otro mundo. Ahora, observemos lo siguiente: por lo general la gente habla como si el otro mundo no existiese actualmente, aunque conceda que exista después de la muerte. No es así: existe ahora, lo veamos o no. Está entre nosotros y a nuestro alrededor. A Jacob se le mostró esto en sueños. Los ángeles lo rodeaban aunque él no lo supiera. Y lo que Jacob vio en su sueño, es lo que el sirviente de Elías vio con sus propios ojos, y que los pastores, en el tiempo de Navidad, no sólo vieron, sino que también oyeron. Oyeron las voces de aquellos benditos espíritus que alaban a Dios día y noche en un oficio que a nosotros, en nuestra condición menos encumbrada, se nos permite participar.
Por tanto estamos en un mundo de espíritus, tanto como en el mundo de los sentidos, y tenemos tratos con ellos, y participamos de ese mundo invisible aunque inconcientemente. Si a alguno todo esto le parece raro, que piense por un momento que innegablemente también participamos de un tercer mundo, por cierto que visible, pero del que no sabemos mucho más que acerca de las legiones de los ángeles: el mundo animal de las bestias de la tierra. A menos que estemos acostumbrados a pensar sobre esto, ¿podrá haber algo más sorprendente o maravilloso que este fenómeno de raza de seres que nos rodea y que vemos claramente y que sin embargo conocemos tan poco? ¿Que sabemos tan poco acerca de su naturaleza, de quienes no podemos describir sus intereses, ni su destino?no más que de los habitantes del sol y de la luna? Ni bien nos ponemos a pensar en este asunto?en verdad se trata de un pensamiento sobrecogedor?esto de que nos codeamos como si nada, que incluso, me animaría a decir, tenemos trato con creaturas que nos resultan tan extrañas, trato habitual con seres misteriosos, fabulosos, extrañas creaturas más poderosas que el hombre y que sin embargo están a su servicio, seres que parecen sacados de una fábula oriental… En verdad sabemos más acerca de los ángeles que sobre las bestias. Aparentemente cuentan con pasiones, hábitos, y un cierto sentido de la responsabilidad, pero están rodeados de misterio. No sabemos si pueden pecar o no, si están bajo un castigo, si han de tener otra vida después de esta. A algunos de ellos les infligimos señalados sufrimientos y como por una ley tan asombrosa cuanto inexorable, cada tanto se vengan de nosotros. De varias señaladas maneras dependemos de ellas; nos valemos de su trabajo, comemos su carne. Y con todo, aquí sólo me refiero a los animales que tenemos más a mano: pónganse a pensar en todo su vasto número, grandes y pequeños, en inmensos bosques, o en el agua, o en el aire, y luego digan si la presencia de semejante muchedumbre de tan variada naturaleza, tan extraños y salvajes en sus formas, viviendo sobre la tierra sin que se pueda establecer con qué objeto, y díganme si no son tan misteriosos, o más, que lo que las Escrituras nos dicen sobre los ángeles. ¿Acaso no está claro que hay un mundo inferior a nosotros en la escala de los seres con los que estamos conectados sin entenderlos plenamente? Por lo tanto, no es de extrañar ni difícil para la fe creer a la Escritura en lo que se refiere a nuestra conexión con un mundo más encumbrado que el nuestro.
Así es el reino escondido de Dios; y, así como ahora está oculto, a su debido tiempo será manifestado.
Los hombres creen que son señores del mundo y que pueden hacer lo que les venga en gana. Creen que esta tierra les pertenece, y que tienen poder sobre sus movimientos cuando en realidad cuenta además con otros señores, y el mundo resulta ser la escena de un conflicto más alto que lo que son capaces de concebir. Contiene a los pequeñuelos de Cristo que ellos desprecian, y a sus ángeles, en los que no creen. Hasta ahora “todas las cosas”, aparentemente, “permanecen como desde el principio”, y “vendrán impostores burlones” que dirán “¿dónde están las promesas de su Parusía?” (II Pet. III:3); pero en el tiempo señalado habrá una “revelación de los hijos de Dios” (Rom. VIII:19) y los santos escondidos “brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt. XIII:43).
Cuando los ángeles aparecieron ante los pastores, fue una manifestación repentina: “Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial” (Lc. II:13). ¡Qué admirable revelación! La noche anterior había parecido igual que cualquier otra noche; tal como aquella en que Jacob tuvo su visión parecía igual que cualquier otra. Estaban vigilando sus rebaños; vigilaban a medida que pasaba la noche. Las estrellas pasaban?llegó la medianoche. No tenían la menor idea de lo que ocurriría cuando de repente se les apareció un ángel. Tales son el poder y la virtud escondida en cosas visibles, y cuando Dios así lo quiere, se manifiestan. Por un momento, le fueron manifestadas a Jacob, por un momento al siervo de Elías, por un momento a los pastores. Serán manifestadas para siempre cuando venga el Cristo en el Último Día, “en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mt. XXV:31). Entonces este mundo se desvanecerá y el otro resplandecerá.
La vida que entonces comience, lo sabemos bien, durará por siempre; y con todo, si la memoria continuará siendo lo que es para nosotros ahora, en la eternidad aquel será un día muy celebrado en la presencia del Señor, por los siglos de los siglos. En verdad, podremos crecer en conocimiento y amor por siempre jamás y sin embargo aquel primer despertar de entre los muertos, el día que será simultáneamente el de nuestro nacimiento y el de nuestros esponsales, será querido y santificado por nuestros pensamientos por toda la eternidad.
Cuando nos encontremos, después de un largo descanso, regalados con poderes renovados, cuando nos sintamos llenos del vigor de la semilla de la vida eterna aleteando en nuestro seno, cuando seamos capaces de amar a Dios todo lo que querramos, concientes de que toda tribulación, pena, dolor, ansiedad, luto y congoja han pasado para siempre, cuando nos hallemos bendecidos por el afecto pleno de aquellos amigos terrenales que hemos amado tan pobremente y que no hemos podido proteger sino débilmente cuando estaban en la carne, y, por sobre todo, cuando estemos siendo visitados por la Presencia inefable, visible e inmediata, de Dios Todopoderoso, con su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo y su Espíritu Santo co-eterno y co-igual con Él, aquella gran visión en la que la plenitud del júbilo y del gozo que serán por siempre jamás?¡qué pensamientos más profundos, incomunicables, inimaginables, nos acompañarán! ¡Qué secretas armonías despertadas, de las que la naturaleza humana parecía incapaz!
En verdad, todas las palabras terrenales resultan inútiles para el servicio de anticipaciones tan elevadas. Cerremos lo ojos y guardemos silencio.
“Toda carne es heno, y toda su gloria como flor del campo; sécase el heno, marchítase la flor, cuando el soplo de Yahvé pasa sobre ella. Sí, el hombre es heno; sécase la hierba, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece eternamente” (Is. XL:6-8).