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La rebelión contra el Papa: un cisma silencioso

Media Iglesia de Europa y EE.UU. enfrentan abiertamente al Papa

Las Iglesias del norte y centro de Europa están atravesadas por vientos de rebelión. Está quien lo llama “cisma silencioso”, o quien en cambio lo minimiza. Ciertamente se trata de un fenómeno preocupante, que involucra a países de antigua tradición católica, como Austria o Bélgica.

En Bélgica, por ejemplo, más de doscientos sacerdotes, respaldados por miles de fieles, piden por escrito la admisión de los divorciados en nueva unión a la comunión, la ordenación sacerdotal de hombres casados pero también de las mujeres, así como la posibilidad para los laicos de realizar la homilía durante la Misa dominical. Lo que impresiona, en el llamamiento belga, son las firmas. Entre los firmantes hay personalidades muy visibles del catolicismo, como el rector honorario de la Universidad católica de Lovaina, Roger Dillemans; el gobernador de la provincia de Flandes occidental Paul Breyne, los anteriores miembros del Consejo pastoral inter-diocesano y algunos conocidos sacerdotes. En el llamamiento se lee: “Estamos convencidos de que, si como creyentes tomamos la palabra, los obispos escucharán y estarán listos para llevar adelante el diálogo sobre estas reformas urgentemente necesarias”.

Como se recordará, en el 2010 – un auténtico annus horribilis para la Iglesia belga – la policía mantuvo detenida por todo un día a la entera conferencia episcopal, mientras eran abiertas las tumbas de los cardenales buscando documentos sobre la pedofilia que sólo una mente al estilo Dan Brown podía imaginar que se custodiaran en los sepulcros de los arzobispos que ya habían pasado a mejor vida. El escándalo de la pedofilia es utilizado por los firmantes del llamamiento para justificar una revisión de la norma del celibato: si bien las estadísticas han demostrado ampliamente que no hay un vínculo entre celibato y pedofilia, dado que la gran parte de estos terribles abusos tiene lugar dentro de las familias. En Buizingen, al sudeste de Bruselas, después de la muerte del viejo párroco de la iglesia de Don Bosco, para el cual no se encontró un sustituto, los parroquianos han constituido un movimiento alternativo haciendo celebrar la Misa a los laicos.

Movimientos similares están extendidos ya desde hace años en Austria, donde 329 párrocos han adherido a la así llamada “Pfarrer-Iniciative”, un “llamado a la desobediencia” en el cual se piden reformas urgentes en la Iglesia. Vale la pena recordar que precisamente en Austria, en la diócesis de Linz, se produjo uno de los incidentes que han marcado el pontificado de Benedicto XVI. En enero de 2009 el Papa había nombrado obispo auxiliar de Linz a Gehard Wagner, obligado a renunciar antes de ser consagrado porque era considerado “demasiado conservador”. Entre aquellos que pedían en voz alta su renuncia estaba un canónigo de la diócesis de Linz que no ocultaba su convivencia con una mujer.

Los firmantes del “llamado a la desobediencia” han involucrado a otros grupos de base (como “Somos Iglesia”), que desde hace años lanzan pedidos similares a la Santa Sede, es decir, la abolición de la obligación del celibato para los sacerdotes de la Iglesia latina, la comunión a los divorciados en nueva unión y el sacerdocio femenino. En las pasadas semanas los disidentes han amenazado con su intención de proceder con las “misas” celebradas por laicos en el caso de que no sean acogidas sus peticiones de ordenar sacerdotes a hombres casados y a mujeres.

Al respecto, es bueno recordar que los dos pedidos no son equivalentes en absoluto: la Iglesia católica considera el celibato de los sacerdotes un don precioso que debe ser defendido, pero admite excepciones a la opción celibataria – disciplina que tiene motivaciones también teológicos – en el caso de los sacerdotes católicos pertenecientes a las Iglesias orientales (que pueden casarse antes de la ordenación), o en el caso más reciente de los anglicanos que vuelven a la comunión con Roma. Bien distinto es el pedido de ordenación sacerdotal para las mujeres, declarada varias veces inadmisible y objeto de una específica Carta apostólica de Juan Pablo II (Ordinatio sacerdotalis, 1994), en la cual el Papa escribía: “Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, reservada sólo a los hombres, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio en los documentos más recientes, no obstante, en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible, o incluso se atribuye un valor meramente disciplinar a la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a tal ordenación”. “Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

El pasado 6 de noviembre, los contestatarios austriacos han firmado un nuevo documento sobre la “Eucaristía en tiempo de escasez de sacerdotes”, en el cual se definen “reglas obsoletas” las que están en vigor en la Iglesia y se considera al celibato sacerdotal una “praxis tardía”. Se pide “confiar la dirección de las comunidades y la celebración de la eucaristía a hombres y mujeres casados”, y se afirma que “el camino hacia la ordenación femenina no puede ser obstaculizado por prohibiciones del Papa a que se discuta”, porque cada comunidad “tiene derecho a un guía, hombre o mujer”.

El cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, y el obispo de St. Pölten, Klaus Küng, han definido estas propuestas “una ruptura abierta con una verdad central de nuestra fe católica” y “un gran peligro”. Aunque las encuestas deben ser tomadas con pinzas y adecuadamente relativizadas, generan preocupación en el Vaticano los resultados de una encuesta promovida por la TV austríaca Orf, según la cual el 72 por ciento de los sacerdotes del país serían favorables al “llamado a la desobediencia”. El 71 por ciento querría abolir la obligación del celibato y el 55 por ciento permitir la ordenación de las mujeres. Cada día que pasa, el fantasma de un cisma se vuelve cada vez más cercano y amenazador.

Se equivocaría quien subestima estas señales, que a los italianos resultan tan lejanas. Y se equivocaría quien cree que estos fenómenos están difundidos solamente en algunas Iglesias del centro de Europa conocidas por su efervescencia e históricamente caracterizadas por la confrontación con el mundo del protestantismo. Noticias similares llegan, de hecho, también de otros países y otras latitudes. En los Estados Unidos, hay 157 sacerdotes que se manifiestan contra el Papa, pidiéndole anular la obligación del celibato y abrir a la ordenación sacerdotal de las mujeres. Mientras que, en Australia, mil fieles de la diócesis de Toowoomba, cerca de Brisbane, en el sudeste del país, han enviado a Benedicto XVI una carta para contestar la decisión hecha pública el pasado mes de mayo de remover al obispo William M. Morris, de 67 años. Monseñor Morris se había pronunciado a favor de la posibilidad de ordenación de mujeres sacerdotes y, para remedir la falta de sacerdotes, había llamado a las celebraciones a pastores protestantes. Los firmantes de la carta enviada al Vaticano piden explicaciones sobre la remoción de Morris y piden también que “nunca más un tratamiento de este tipo se repita en otras diócesis de Australia”.

La aparición de de este disenso duele al Papa, quien continuamente vuelve a llamar a la conversión, invitando a no pensar que la solución está en el cambio de las estructuras o en la adecuación de los “ministerios”. En plena tormenta post-conciliar, el 4 de junio de 1970 en Munich de Baviera, el entonces profesor Joseph Ratzinger pronunció una conferencia titulada “¿Por qué permanezco todavía en la Iglesia?”. Dijo que “la reforma, en su significado original, es un proceso espiritual muy cercano a la conversión y, en este sentido, forma parte del corazón del fenómeno cristiano; sólo a través de la conversión nos volvemos cristianos, y esto es válido para toda la vida del individuo y para toda la historia de la Iglesia”. “Si la reforma se aleja de este contexto, del esfuerzo de la conversión – concluía Ratzinger -, y si se espera la salvación sólo del cambio de los demás, de la formas y de adaptaciones al tiempo siempre nuevas”, la reforma “se convierte en una caricatura de sí misma”.

***

Fuente: L]]>a Bussola Quotidiana]]>

Traducción: ]]>La Buhardilla de Jerónimo]]>

Comentarios

ojalá todas esas peticiones

ojalá todas esas peticiones fueran para restaurar la Santa misa. Que de fuerzas malgastadas!. Es como el matrimonio que se está divorciando, ponen mucho empeño en destruirse, pero por el contrario no ponen antes fuerzas iguales  en salvar su matrimonio.

la buhardilla se le infestó

la buhardilla se le infestó de ratitas jejeje

pero..perO...peRO...pERO...PERO!!!

Si el que SEMBRÓ la CIZAÑA mientras los administradores del campo ATORRABAN ha sido el mismísimo Ratzinger TESTAFERRO del ENEMIGO. Sus PERJURIOS no pasarán impunes. Lástima que la ligarán los que no la buscaron...pero CALLARON.

Y el CISMA ahora es MÚLTIPLE, efecto de quien CREÓ y SIGUE criando CUERVOS.

Correveydiles que las buhardillas son USINAS de FALSOS DIAGNÓSTICOS. POR LOS FRUTOS.

El Cisma puede ser positivo

Los nuevos protestantes del siglo XXI incrustados en la iglesia católica deberían salir del catolicismo y formar una nueva iglesia protestante, harían un favor al resto fieles que está conforme con el catolicismo actual. Ellos no son los dueños absolutos de la verdad, si esa es su verdad pues que se vayan con su verdad.

y están también los

y están también los protestantes convertidos al V II

Vamos a seguir toda la vida confundiendo?

Una cosa son los errores de Ratzinger... una discusión.

Otra es la realidad de la Iglesia: si él tiene responsabilidad en ella, deberá juzgarlo Dios y él se hará cargo.

Otra es no denunciar que hoy, cuando el Papa hace cosas buenas por la Iglesia (resiste errores morales, promueve a los sectores más conservadores... los progresistas lo combaten.

Lo combaten por lo que tiene de bueno y por eso debemos defenderlo y apoyarlo en las cosas buenas que intenta hacer. Lo cual no significa que cerremos los ojos ante desviaciones doctrinales.

Pero lo que NO podemos hacer es utilizar un tono revanchista del estilo "que se jorobe". Eso no es católico y va contra la caridad hacia el Papa y hacia la Iglesia.

Los tradis no debemos buscar con fruición los errores de los progres para restregárselos en la cara, sino para ayudar a corregirlos.Cuando los progres se ponen contra el Papa por malas razones, nuestro deber es apoyarlo

Sobre los vientos de rebelión...

Es muy simple, el o los que se quieran ir de la Iglesia, con la comparsa de curas "rebeldes", y que se vayan. El Papa tiene un arma poderosísima en la mano para estos díscolos: la Excomunión, y chau. Van a caer por su propio peso, porque no son serios y están imbuidos del espíritu de Satanás: quieren protagonismo, y ser ellos, los que oficien Misa, los que sermoneen, no digo bauticen y casen por que ya lo hacen. Contra la Iglesia, no prevalecerán las puertas del Infierno. Promesa de N.S. Jesucristo. Así que se separen, y que se vayan al cara...Solos van a volver después, al igual que tantos "enemigos de Dios y de la Iglesia", y que al momento de "pasar al oriente eterno" (morir, en la ridícula jerga masónica) lloran y gritan pidiendo un Sacerdote. Gracias. Francisco.

¿Cómo era aquello del pastor

¿Cómo era aquello del pastor que deja 99 ovejas para ir a buscar a la tránsfuga...?

No me lo acuerdo; como no e practica más, no me lo acuerdo ...

José Pusillusgrex

¿Quiere Ud. decir "que se jorobe"?

Si la respuesta es sí, le recuerdo que a papas débiles, Santa Catalina de Siena los ha instado insistentemente a corregirse. Nunca les ha dicho "Santidad, embrómese Ud. por tonto". Caritas Christi urget nos, dice San Pablo. Si no sentimos la urgencia de la caridad, estamos en mal camino, aun con buena doctrina. 

El santo Padre debe ser en su

El santo Padre debe ser en su conducta, como san Pablo, el cual a cuanta sinagoga visitaba y les predicaba a Cristo, terminaba perseguido y expulsado, solo unos cuantos le creian. Asi pasa en este mundo moderno, el Papa debe ser firme y no temblar, se sufre en esta vida pero el gozo eterno del Señor nunca acaba, en cambio los que ahora se creen dominantes de escenarios perfidos...les espera una vieja casa muy calientita que tiene como posadero al viejo lucifer...

Por cierto

Es lo que todos deseamos, pero no ocurre. Bien, sigamos el ejemplo de los santos.  Pedirle, rogarle y hasta exigirle que actúe como debe, pero apoyarlo cuando lo atacan por lo que hace bien. Esa es la idea del ejemplo de Santa Catalina, que traje a consideración.

¡VIVA EL PAPA!

¡VIVA EL PAPA!
por Pedro Antonio de Alarcón

I
El tierno episodio que voy a referir es rigurosamente histórico,
como los anteriores y como los siguientes; pero no ya sólo
por la materia, sino también por la forma.—Vivo está quien lo
cuenta, como suele decirse..., y entiéndase que quien le
05cuenta no soy yo; es un Capitán retirado que dejó el servicio en 1814.
Hoy no soy escritor; soy mero amanuense: no os pido, pues,
admiración ni indulgencia, sino que me creáis a puño cerrado.
Para invención, el asunto es de poca monta; y luego pertenece
10a un género en que yo no me tomaría el trabajo de inventar
nada....
Presumo de liberal,y un pobre Capitán retirado me ha conmovido
profundamente contándome los sinsabores ... políticos
de un Papa muy absolutista....
Mi objeto es conmoveros hoy a vosotros con su misma
relación, a fin de que el número de los derrotados cohoneste
mi derrota.
Habla mi Capitán.

II
Uno de los más calurosos días del mes de Julio de 1809, y
¡cuidado queaquel dichoso año hizo calor! a eso de las diez
de la mañana, entrábamos en Montelimart, villa o ciudad del
Delfinado,que lo que sea no lo sé,ni lo he sabido
nunca, y maldita la faltaque me hacía saber que existía
tal Francia en el mundo....
—¡Ah! ¿Conque era en Francia?...
—Pues ¡hombre!¡Me gusta! ¿Dónde está el Delfinado
sino en Francia?—Y no crean ustedes que ahí, en la frontera...,
sino muy tierra adentro,más cerca del Piamonteque de
España....
—¡Siga V...., Capitán! Los niños ... que aprendan
en la escuela....—Y tú, ¡a ver site callas, Eduardito!
—Pues como digo, entrábamos en Montelimart, ahogados
de calor y polvo, y rendidosde caminar a pie durante tres semanas,
veintisieteoficiales españoles que habíamos caído prisioneros
en Gerona.... Mas no creáisque en la capitulación
de la plaza, sino en una salida que hicimos pocos días antes, a
fin de estorbar unas obras en el campamento francés.... Pero
esto no hace al caso. Ello esque nos atraparon y nos llevaron
a Perpiñán,desde donde nos destinaron a Dijon.... Y
ahí tienen Vds. el por qué] de lo que voy a referir.
Pues, señor, como uno se acostumbra a todo, y el Emperador
nos pasabadiez realesdiarios durante el viaje—que íbamos
haciendo a jornadas militares de tres o cuatro leguas,—y nadie
nos custodiaba, porque cada uno de nosotros había respondido
con su cabeza de que no desertarían los demás, y veintisiete
españoles juntos no se han aburrido nunca, sucedía que, sin embargo
delcalor, de la fatiga y de no saber ni una palabra de
francés, pasábamos muchos ratos divertidos,sobre todo desde
las once de la mañana hasta las siete de la tarde, horas que permanecíamos
en las poblaciones del tránsito; pues las jornadas
las hacíamos de noche con la fresca.... A ver, Antonio,
enciéndeme esta pipa.
Montelimart....—¡Bonito pueblo!...—El café está en
una calle cerca de la Plaza, y en él entramos a refrescarnos, es
decir, a evitar el sol ... (pues los bolsillos no se prestaban a
gollerías), en tanto quetres de nuestros compañeros
iban a ver al Prefectopara que nos diese las boletas de
alojamiento, que en Francia se llamanmandat....
No sé si el café estará todavía como entonces estaba. ¡Han
pasado cuarentay cuatro años! Recuerdo que a la izquierdata
de la puerta había una ventana de reja,con cristales, y delante
una mesa a la cual nos sentamos algunos de los oficiales, entre
ellos C...., que ha sido diputado a Cortespor Almeríay
murió el año pasado....—Ya veis que esto es cosa que puede
preguntarse.
—Pues ¿no dice V. que ha muerto?
—¡Hombre! Supongo que C. ... se lo habrá contadoa
su familia—respondió el Capitán, escarbando la pipa con la
uña.
—¡Tiene V. razón, Capitán!—Siga V....; el que no lo
crea, quelo busque.
—¡Bien hablado, hijo mío!—Pues, como íbamos diciendo,
sentados estábamos a la mesa del café, cuando vimos correr
mucha gente por la calle, y oímos una gritería espantosa....
Pero como la gritería era en francés, no la entendimos.
—Le Pape!Le Pape! Le Pape!...—decían los muchachos
y las mujeres, levantando las manos al cielo, en tanto
que todos los balcones se abrían y llenaban de gente, y los
mozos del café y algunos gabachos que jugaban al billar se lanzaban
a la calle con un palmo de boca abierta,como si oyeran
decir que el sol se había parado.
—¡Pues parado está, papá abuelo!
—¡Cállese V. cuando hablan los mayores! ¡A ver... el
deslenguado!
—No haga V. caso, Capitán.... ¡Estos niños de
ahora!...
—Toma.... ¡Y si está parado!...—murmuró el
muchacho entre dientes.
—Le Pape! Le Pape!¿Qué significa esto?—nos preguntamos
todos los oficiales.

Y cogiendo a uno de los mozos del café, le dimos a entender
nuestra curiosidad.
El mozo tomó dos llaves; trazó con las manos una especie
de morrión sobre su cabeza; se sentó en una silla, y dijo:
—Le Pontife!
—¡Ah!... (dijo C....—que era el más avisado de
nosotros.—¡Por eso fué luego diputado a Cortes!)—¡El
Pontífice! ¡El Papa!
—Oui, monsieur. Le Pape! Pie sept.
—¡Pío VII!... ¡El Papa!... (exclamamos nosotros,
sin atrevernos a creer lo que oíamos.) ¿Qué hace el
Papa en Francia? Pues ¿no está el Papa en Roma? ¿Viajan
los Papas? ¿El Papa en Montelimart?
No extrañéis nuestro asombro, hijos míos.... En aquel
entoncestodas las cosas tenían más prestigio que hoy.—No
se viajaba tan fácilmente, ni se publicaban tantos periódicos.—Yo
creo que en toda España no había más que uno, tamaño
como un recibo de contribución.—El Papa era para nosotros
un sérsobrenatural..., no un hombre de carne y hueso....—¡En
toda la tierra no había más que un Papa!... Y en
aquel tiempo era la tierra mucho más grande que hoy.... ¡La
tierra era el mundo..., y un mundo lleno de misterios, de
regiones desconocidas, de continentes ignorados!—Además,
aun sonaban en nuestros oídos aquellas palabras de nuestra
madre y de nuestros maestros: «El Papa es el Vicario de
Jesucristo; su representante en la tierra; una autoridad
infalible, y lo que desatare o atare aquí, remanecerá atado o
desatado en el cielo....»
Creo haberme explicado.—Creo que habréis comprendido
todo el respeto, toda la veneración, todo el susto que experimentaríamos
aquellos pobres españoles del siglo pasado, al oír
decir que el Sumo Pontífice estaba en un villorrio de Francia y
que íbamos a verle!
Efectivamente: no bien salimos del café, percibimos allá,
en la Plaza (que como os he dicho estaba cerca), una empolvada
silla de posta, parada delante de una casa de vulgar
apariencia y custodiada por dos gendarmes de caballería,
cuyos desnudos sables brillaban que era un contento....
Más de quinientas personas había alrededor del carruaje,
que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a
ello los gendarmes, quienes, en cambio,no permitían al público
acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había
apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos....
—Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del Alcalde?
—No, hijo mío.—Era el Parador de diligencias.
A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un
poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron
arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.
De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente
grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u
oficina.
Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos
de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de
calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio,
que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados
en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno,
y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados
por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes
ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes
de la Iglesia....
Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues
nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales),
pero todos dijimos a un tiempo:
—¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!
Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba
y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir;
porque su humildad denotaba que él era el Rey.
En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía.
Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes,
de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado
de pocas pero muy hondas arrugas, revelaba la más
austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que
parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus
ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan
blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza.
Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de
algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta
entonces una emoción por aquel estilo.
El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy
viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación,
se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción
rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.
Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando
en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre
dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote,
sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra
almohada que una silla de madera?
En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en
tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario,
más descomunal, más terrible que cuanto veíamos....—El
nombre de NAPOLEÓN circuló por nuestros labios.
¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de
Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente,encendido en
guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa!—¡Él
debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San
Pedroy lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo
judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!
Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué
había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el
Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?
Nada sabíamos..., y, si he de decirosla verdad, por lo
que a mí hace,todavía no he tenido tiempo de averiguarlo....

—Yo se lo diré a V., por vía de paréntesis, en muy pocas
palabras, Capitán.—Esto completará la historia de V., y dará
toda su importancia a ese peregrino relato.

III
El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón
un decreto, por el quereunió al Imperio francés los Estados
pontificios, declarando a Romaciudad imperial libre.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida;
pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio
del Quirinal,donde aun contaba con algunas autoridades y su
guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron
un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro.
Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último
paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron:¡al arma!;
el cañón de Sant-Angelopregonó la extinción del gobierno
temporal de los Papas, y la bandera tricolorondeó sobre el
Vaticano.
El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era
el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de
Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron:Consummatum
est!
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión
contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando
las puertas a hachazos.
En la Sala de las Santificacionesencontraron a cuarenta
suizos, resto del poder del ex Rey de Roma,quienes los dejaron
pasar adelante por haber recibido orden de no oponer
resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa
en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales
Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría.

Pío VII vestía roquete y muceta;había dejado su lecho
para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad
asombrosa.
Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no
se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie
al gobierno temporal de los Estados romanos.El Papa
contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos,
sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del
Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden
de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio
entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de
las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más
restos de su grandeza mundanal que unpapetto, moneda
equivalente a cuatro reales de vellón,que llevaba en el
bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popololo esperaba una silla
de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron
las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme
de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa,
estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....

IV
—¡En esa silla lo encontré yo!...—¿Ven ustedes cómo
no miento?
—Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he
terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....
—Pues voy allá,señores míos.
Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho
me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados
en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había
agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso, y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la
puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos
sacerdotes.
Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda
conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también
éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello
fuéque, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó
en nosotros una larga y expresiva mirada.
En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y
cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con
las boletas para alojarnos....
Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras
antes de abandonar a Cataluña;y si se me ha olvidadodecíroslo,
os lo digo ahora.
Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó
otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.
El italiano, el músico, había reconocido el canto.
¡Ya sabía que éramos españoles!
Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que
ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado
de Bailén y Zaragoza;ser defensor de la historia, de la
tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia
de las naciones; paladínde Cristo; cruzadode la libertad.
—En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha
de ser!—¿Quién había de adivinar entonces, al defender a
D. Fernando VIIcontra los franceses, que él mismo los llamaría
al cabo de catorce años y los traería a España en contra nuestra,
como sucedió en 1823?...—En fin; no quiero hablar...,
¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!
El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa
se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y
recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al
mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus
amantísimos ojos....—¡Parecía que aquellos ojos nos besaban!

Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección
que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice,
procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con
la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la
indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus
malos hijos....—Casi instintivamente nos quitamos los morriones
(cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían
con sus gorrosencasquetados), y nos llevamos la mano derecha
al corazón como quien haceprotestación de su fe.
El Papa levantó los ojos al cielo y se puso a rezar.—¡Sabía
que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la
cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos
que un grito de¡viva el Papa!podía empeorar la situación
del beatísimo prisionero!—¡Mostrábanse tan orgullosos
los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de
la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a
la Francia en aquel momento!
En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció
en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer
del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita
centenaria, pulcra y pobrementevestida, coronada de cabellos
como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada,
llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres
secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se
veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos....
Los gendarmes quisieron detenerla.... Pero ella los miró
con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su
presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto;
había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto,
en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a saludar
al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de Amargura,
que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron
o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra
época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido
casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los
triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer
del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había
traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde
unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de
Dios vivo....
Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana
y el Pontífice.
Púsose ella de rodillas, y, sin articular palabra, presentó el
azafate de frutos al augusto prisionero.
Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que
inundaban el rostro de la viejecita; y cuando ésta se inclinaba
para besar el pie del Santo Padre,él colocó una mano sobre
aquellas canas humilladas, y levantó la otra al cielo con la
inspirada actitud de un profeta.
—¡VIVA EL PAPA!—exclamamos entonces nosotros en
nuestro idioma español, sin poder contenernos....
Y penetramos en el portal resueltos a todo.
Pío VII se pone de pie al oír aquel grito, y, tendiendo hacia
nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud
nos hubiese aniquilado.... Caemos, pues, de rodillas, y el
Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.
Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como
un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados,
creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....—¡Lo
de menosera que nos amenazasen a nosotros!—¡Decididos
estábamos a morir!
Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes,
los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo
Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta,
con las lágrimas en los ojos, exclamando:
—Vive le Pape!
Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal
y pidió su bendición al Pontífice.

Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de
melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus
labios y la besó.
La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de
reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el
Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre,
nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de
posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de
pasar, dieron la ordende partir.
En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en
Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.
Conque ... he dicho.

V
—¡Aun queda algo que decir!...—(exclamó el mismo
que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme
Vds. a mí un momento!
En 1814, cinco años después de la escena referida por el
Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón
Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.
Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino
en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he
aquí cómo describe Chateaubriandla despedida que hizo
Francia al sucesor de San Pedro:
«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas,
del repique de las campanas y de los gritos de¡Viva el Papa!
¡Viva el Jefe de la Iglesia!... En las ciudades sólo quedaban
los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la
noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote.
TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHAY DEL CETRO,
LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA
RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.»

Guadix, 1857.

....De que sorprenderse?????

La apostasia silenciosa ya hace tiempo que  maquina y se desenvuelve ampliamente desde el interno seno de la Iglesia.   Es promovida y secundizada por lor que esperan con ansias desenfrenadas el reinado del anticristo junto al antipapa.  Por sus obras los conocereis......  Por sus obras contundentisimas seran reconocidos los chivos y los lobos de los  pastores fieles a Cristo. Ea , ahi tenemos un vivo y activisimo ejemplo. Apostatas, neojudas traidores, rebeldes a la LEY DIVINA, enemigos de Cristo  caminando disfrazados  con piel de oveja entre la multitud catolica. .+++