Otro publicista, redactor del Paris-Match, Robert Serrou, bosquejaba en dos líneas el estilo del predicador durante la Misa de Lille:
“Aunque el tono es pacífico, las palabras están inflamadas y son incendiarias. Es al mismo tiempo tímido y audaz, modesto y lleno de seguridad.”
Frases incendiarias, como por ejemplo, “en la Argentina al menos reina el orden”, o “el Papa no es el que hace la verdad”, no eran raras en boca de Monseñor Lefebvre durante los períodos de tensión. No obstante, por lo general, mantenía el tono de un Obispo doctrinal o de un sacerdote paternal. Los sermones de confirmación estaban llenos de ese modo familiar de expresión. En cambio, las prédicas de las fiestas: Cristo Rey o Todos los Santos… contenían las enseñanzas de un Doctor.
El Prelado siempre daba la doctrina, no era moralizador. Para él, las aplicaciones morales se deducían naturalmente de la exposición del dogma.
“Las almas – decía – tienen que ser iluminadas por la verdad, la enseñanza sobre quién es Nuestro Señor, quién es Dios. Se suele hablar muy poco de Dios mismo, y más de lo que Dios hace. Se podría hacer un esfuerzo para hablar de las perfecciones divinas, de la Santísima Trinidad, de Nuestro Señor que es Dios, porque cuanto más se acerquen las almas a Dios, más deseos sentirán de servirlo, y mayor horror tendrán de ofenderlo.
“Cuando el alma hace un progreso en el conocimiento de Dios, por mínimo que sea, se maravilla y se estremece a la vez. Cuanto más se acerca alguien a Dios, más se siente estremecido. “Los ángeles tiemblan, los arcángeles se estremecen”, dice el Prefacio de la Misa. Cuando más se le hace conocer a un alma la grandeza y perfección de Dios, mayor deseo siente de amar y servir a Dios, y también más temor; se da cuenta cada vez más de lo terrible que es ir contra la voluntad de Dios.”
También aquí revelaba el Obispo su oración habitual: la adoración de la fe. Su predicación apuntaba, pues, a proponer los fundamentos de la fe. De esta manera le iba señalando, a sus futuros sacerdotes, el peligro de fundar la predicación sobre revelaciones privadas, más o menos inverosímiles:
“¡Es peligroso! Esta claro que el demonio se aprovecha de eso para alejar a las almas de los fundamentos de la fe. Para arrastrarlas al sentimentalismo y a una piedad que ya no se funda realmente en la fe y en Nuestro Señor. Personalmente, siempre me he esforzado en el Seminario (en Écone) por ofrecer realmente los principios fundamentales de la fe.”
Al exponer la fe, añadía, “no demuestren la fe, afírmenla.” Con excesiva frecuencia se pretende demostrar y hacer apologética, pero la fe no es eso, sino la adhesión a Dios que revela su misterio.
¿Y qué misterio se debe predicar sobre todo, sino el de Nuestro Señor Jesucristo?
“Un sermón que no habla de Nuestro Señor Jesucristo es inútil; falta el fin o el medio. Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, tal como dice San Pablo, sino que predicamos a Nuestro Señor Jesucristo (II Corintios, 4, 5). Jesucristo ha de intervenir siempre en nuestras predicaciones, porque todo se refiere a Él. Él es la Verdad, el Camino y la Vida. Por consiguiente, pedir a los fieles que sean mas perfectos y se conviertan sin hablarles de Nuestro Señor, es engañarlos, es no indicarles el camino por el que pueden lograrlo. “Predicamos a Jesucristo crucificado.” (Corintios, I, 23).”
En cuanto a la moral que predicaba Monseñor Lefebvre, no se trataba de la ética natural, sino de la moral cristiana de las virtudes sobrenaturales que se perfeccionan con la ayuda de la gracia.
“Un defecto de la predicación moderna – decía – es que ya no se cree en la gracia ni en aquellas palabras de Nuestro Señor: “Sin Mí nada podéis hacer””.
“A veces – señalaba – no confiamos bastante en las almas, en la posibilidad de que las almas pueden crecer en la virtud, con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, obviamente. Ahora bien, sucede que las almas quedan cautivadas cuando se les habla de los dones del Espíritu Santo, de las bienaventuranzas, de los frutos del Espíritu Santo, que forman parte del organismo espiritual de todas las almas desde el momento en que reciben la gracia del bautismo. Cuántos fieles se maravillan cuando se les predican estas cosas, y dicen: “¡Pero nunca nos habían hablado de eso! ¡No sabíamos que el Espíritu Santo obra así en nosotros!””
Monseñor Lefebvre recordaba esa misma alegre sorpresa que su madre había experimentado con la lectura de un libro que el joven seminarista romano había dejado en su casa: La inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas. “¿Cómo es que se no nos dicen estas cosas?”, le escribió a Marcel.
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Comentarios
Mons. Gherardini habla sobre los diálogos de la FSSPX y Roma
Estimado Marcelo:
Le recomiendo la lectura de ]]>![cdata[http://fidesetforma.blogspot.com/2010/09/sul-domani-della-fraternita-san-pio-x.html]]>![cdata[, donde
Mons. Brunero Gherardini escribe analizando y proponiendo soluciones -conforme a su punto de vista- sobre los diálogos entre la Fraternidad y Roma. Cito sólo un párrafo (hay que leer el documento completo):
"....Un resultado tan funesto podría ser evitado siguiendo una metodología diversa. El puntum dolens de todo el conflicto se llama Tradición. A ella es constante la apelación de una o de otra parte, que, por otro lado, tienen de la Tradición un concepto netamente diferente. El Papa Wojtyla declaró oficialmente “incompleta y contradictoria” la Tradición defendida por la Fraternidad. Se debería, por lo tanto, demostrar (hipotetizando que esto fuera así, siendo que realmente no lo es) el porqué del carácter incompleto y contradictorio, pero todavía más urgente es la necesidad de que las partes lleguen a un concepto común, es decir, bilateralmente compartido. Tal concepto se convierte, entonces, en el famoso punto al que llegan todos los problemas. No hay problema teológico y de vida eclesial que no tenga en dicho concepto su solución. Si, por lo tanto, se continúa con el diálogo manteniendo, una y otra parte, el propio punto de partida, o se dará vida a un diálogo entre sordos, o, para demostrar que no se ha dialogado en vano, se dará libre acceso al compromiso".
¿Qué opinan de este criterio la Fraternidad y usted? Primero que nada que se defina qué se entiende por Tradición, pues si no hay consenso en el significado de ello, nada se ganaría dialogando con Roma, si ésta partiera -por ejemplo- de otro significado de una dizque Tradición "activa y viva" que pudiese cambiar o evolucionar en otro sentido el significado inmutable de la verdad.
Mons. Brunero Gherardini propone que se pongan las bases de un idioma común, antes que nada.
Parece interesante dado quién es el que realiza la propuesta.
Aclaro que el paréntesis en la cita es mío.
Saludos cordiales.
Un buen amigo.
QUIENES SON ELIADES ACOSTA MATOS Y CLELIA LURO