Queridos fieles,
Asueta vilescunt
, “la costumbre rutinaria desvaloriza las cosas”, dice la sabiduría de los ancianos. Infelizmente, este proverbio concierne también a la religión: la Cruz de Jesús, el santo Evangelio, la santa Misa, el sacerdocio, los tiempos litúrgicos, a los cuales estamos tan acostumbrados pueden, poco a poco, volver a ser para nosotros acontecimientos sin particular importancia, en la práctica.
El tiempo del Adviento, e incluso Navidad, por ejemplo, llegan a preocuparnos no mucho más que un cumpleaños, o exámenes escolares, universitarios, o la visita de tal o tal persona en casa, o nuestra propia salud física, o la organización de las vacaciones, de una fiesta con amigos, etc. “Viene Navidad, sí, … todos los años”…
Por supuesto, esto no está bien. No dejemos nuestra alma oxidarse.
¡Hay que reaccionar!
El Adviento no nos comunica una simple información sin consecuencia directa para todos nosotros. La noticia que anuncia es, en realidad, primordialísima para cada uno de nosotros; incluso una cuestión de vida o de muerte para todos los hombres. Sin embargo, los diarios, la tele, la radio, internet, no le dan la importancia que merece, sino por razones sobre todo mundanas y comerciales (lo que es sumamente contradictorio, ya que Jesús nacerá en un pobre establo ).
Hace veinte siglos que, en el mundo entero, se anuncia esta noticia maravillosa, increíble y sin embargo digna de fe, que se realizó después de cuatro mil años de expectativa y de profecías relacionadas con este hecho histórico. Este acontecimiento transformó el modo de vivir de millones de seres humanos y determinó su eternidad. Sociedades, naciones cambiaron sus leyes, otras no lo aceptaron y, cayendo en una terrible decadencia, se autodestruyeron. Las almas que reciben con entusiasmo esta noticia pueden alcanzar un ideal tan alto que ningún hombre, ningún ángel nunca habría podido imaginarlo. Las que la rechazan nunca serán felices; peor: se condenarán para siempre.
Este ideal, esta noticia, no solamente tiene un eco en la Eternidad sino que eleva al hombre hasta alturas divinas. Es capaz de hacer que el hombre deteste lo que amaba indebidamente y ame lo que huía, incluso el sufrimiento, y hace de él una nueva criatura. Esta noticia, queridos hermanos, inconcebible para la inteligencia humana y angélica, en realidad es un misterio insondable. Sólo un Dios podía revelarnos y realizar el plan de este misterio oculto en Él durante siglos. Este misterio oculto, es la comunicación de la vida divina a los hombres, realizada por un Ser único, verdadero hombre y verdadero Dios, inmolado por los pecados de los hombres, nacido de Dios, Deum verum de Deo vero y de la Virgen María.
San Juan no lo dice en el fin de la Misa: Deus erat Verbum, el verbo era Dios, y el verbo se hizo carne, habitó entre nosotros y a los que lo recibieron dio el poder de ser hijos de Dios.
El Adviento es la preparación a la venida inminente de NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, que la Iglesia nos hace vivir de nuevo para que el misterio de la Encarnación penetre cada vez más en nuestros corazones.
La misión de San Juan Bautista fue de revelar el cumplimiento de la promesa divina original, esta buena noticia que, en griego, se llama
euaggelion
, el Evangelio. Lo hizo en el rio Jordán donde bautizaba. Fue cuando, indicando a Jesús, dijo: “He aquí el cordero de Dios, el que borra los pecados del mundo”. En este momento, Juan fue el último profeta del Antiguo Testamento y al mismo tiempo el primer heraldo del Evangelio. Por eso merecerá ser llamado por Nuestro Señor: “profeta y más que profeta; es el ángel que prepara mi camino”.
Juan Bautista, encarcelado más tarde por Herodes, movido por una santa impaciencia, le envió dos de sus discípulos, nos dice el texto de la Misa de hoy, a preguntarle: “¿Eres Tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” Y, respondiendo Jesús, les dijo: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia el Evangelio a los pobres y bienaventurado el que no se escandalice en mí”. Todos estos milagros habían sido anunciados por Isaías, como señales de los tiempos de la salvación. Son el dedo de Dios, la prueba irrefutable de la divinidad de Aquel que los hizo en su Nombre propio.
Queridos hermanos, ¿nuestro corazón tiene la santa impaciencia de San Juan Bautista? ¿Comprendemos que estamos en un tiempo decisivo para nuestra salvación? “Hora es ya de despertar (…), nos dice San Pablo, ha pasado la noche y llega el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos de las armas de la luz. Caminemos como de día, honestamente: no en sensualidades, disoluciones, envidias. No con pensamientos meramente humanos, mezquinos. Antes bien, revestíos de NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO”.
Las armas de las tinieblas tentadoras: el orgullo, el desprecio al prójimo, la impureza, el activismo, las pasiones descontroladas, la mundanidad matan, a los mismos que las usan. Si las usamos, somos como suicidas.
¡Dejémoslas enérgicamente!
Las armas de la luz son la Santísima Eucaristía, la oración, la paz interior, la penitencia y las virtudes, especialmente la fe, la caridad, la humildad, la modestia, especialmente en el vestir durante el verano.
Amados feligreses, preparen un lindo pesebre en su casa y también en su corazón para recibir dignamente su Salvador dentro de pocos días. La estrella de los Reyes va acercándose de Belén. Esta estrella es la de la fe y es Nuestra Señora, la principal figura del adviento: en efecto, como una estrella en el firmamento, María es silenciosa y parece muy pequeña, muy humilde; en realidad, es la más hermosa criatura de Dios, y su santidad supera la de todos los ángeles y santos reunidos. No nos hace falta un telescopio para contemplarla, basta usar nuestro rosario, meditándolo con los ojos de la fe.
Más que nunca, recen el rosario en familia todos los días y asistan, en la medida de lo posible, a la Santa Misa durante la semana. Así, nuestro Adviento será realmente una preparación generosa al nacimiento de Jesús en Belén y en nuestras almas. Así sea.
Ave María Purísima
En el Nombre del Padre y el Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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